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Domingo, 19 de agosto de 2018
EL PUYAZO

15/4/2018

A don Ángel Peralta

Francisco Javier Belmonte
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La huella dejada sobre la vida es lo que hace inmortal a un hombre. Y la influencia que como ser humano tiene en su tiempo le abre un lugar quizá preeminente en la historia, que es ciencia para el pasado pero que inevitablemente devuelve a presente fama, honor y prestigio contra el que ya nunca va a poder la muerte. Por eso Ángel Peralta ya es inmortal después de haber muerto. Lo es porque a lomos de Ingenioso, Bruja o Cabriola, o de tantos y tantos caballos geniales hizo de la equitación arte y de la vida poesía. Centauro de las Marismas, Jinete de la Apoteosis, Revolucionario del arte de Marialva… Así se escribió de él para registrarlo con letras de oro en la historia del toreo y hacerlo eterno en los ruedos. Pero él fue aún más allá… Quiso ser eterno también con la palabra y dejó rastro de su ingenio en libros, poemas, coplas y soleás, y en frases que se hicieron dueñas del sentir del toreo y de los toreros: “El torero lía su miedo en el capote de paseo”, “Torear es engañar al toro sin mentir”... Rotunda frase.

Y es que don Ángel Peralta se sintió hombre del Renacimiento en un tiempo en el que el hombre cada vez más se envuelve en el dogma. Por eso fue rejoneador, ganadero, filósofo y poeta, y fue labrador, actor, inventor, mecenas de artistas, animalista de veras, aprendiz de todo y amante de la vida. A sus sesenta y cinco años seguía rejoneando… A sus noventa y tres seguía escribiendo. Algo de todo esto sumó para que hace unos años se le concediera la Medalla al Mérito de las Bellas Artes. En ella iba inscrita su leyenda, esa que se forjó revolucionando el arte ecuestre con el par a dos manos, banderillas por la izquierda o la suerte de la rosa entre otras, y esa también en la que andaba impreso a fuego su sentido de la vida.

Quiero trasladar al lector una imagen cierta. Es la de un caballo herido de muerte en el patio de cuadrillas. Teruel. Ángel Peralta tendido en el suelo sobre el animal abraza su cuello y llora desconsolado la maldita cornada. Así lo vio mi padre una tarde de toros en los años setenta. No sé si don Ángel escribiría después aquel poema que reflexiona sobre el sentido de la vida: “La muerte es como una criba,/ el cuerpo se queda abajo/ y el alma vuela hacia arriba”. Si no lo hizo valgan sus propias palabras para despedir a un torero inmortal que ha hecho historia. Descanse en paz don Ángel Peralta.

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