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Lunes, 17 de diciembre de 2018
CULTURA

11/1/2018

El mosaico de Calanda recupera la luz

La restauración de la pieza conservada en el Museo de Teruel está a punto de terminar
Miguel Ángel Artigas
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Dos restauradoras de la empresa Artyco trabajan en los últimos detalles de la intervención sobre el mosaico romano
Dos restauradoras de la empresa Artyco trabajan en los últimos detalles de la intervención sobre el mosaico romano

Las restauradoras de la empresa Artyco están dando los últimos retoques al mosaico romano de Calanda, la monumental pieza del siglo III-IV d. C que puede verse en la última planta del Museo Provincial de Teruel, y cuya restauración concluirá durante los próximos días.

El mosaico de más de 100 metros cuadrados, encontrado en 1964 en una huerta calandina situada en un paraje denominado  Camino de la Vega de Albalate, y expuesto en el museo desde 1987, ha sido sometido a unos trabajos de limpieza, saneamiento y estabilización que comenzaron a finales del pasado mes de septiembre, con un presupuesto inicial de 35.000 euros. 

Cristina Carrero, restauradora de Artyco, explicaba que los trabajos “han marchado tal y como esperábamos, sin que hayan surgido complicaciones especiales”. Según la especialista, “hacer una obra que ya se ha tratado con anterioridad suele deparar pocas sorpresas”. 

El mosaico de Calanda fue restaurado en 1987, cuando se instaló en la planta superior del Museo Provincial de Teruel. Una parte importante de los trabajos que se han realizado han consistido precisamente en limpiar la superficie del mosaico del tratamiento que entonces se aplicó, “que se había oxidado, había virado de color e impedía que se vieran bien las superficies originales”, explica Carrero. 

Pilar Punter Gómez, restauradora del Museo de Teruel, apunta que para el visitante será un placer poder ver la pieza en todo su esplendor. “El ojo ya se había acostumbrado a ese proceso de envejecimiento, pero realmente le quitaba mucha luminosidad al pavimento, que hay que recordar que además de realizarse para ser pisado tenía una función estética muy importante”. 

En aquella época, según los criterios que se seguían en restauración en los años 80, se optó por añadir partes en yeso, talladas y pintadas para imitar las teselas romanas en aquellas partes que se habían perdido, para dotar al conjunto de continuidad. 

Hoy en día, en un momento en el que prima el respeto hacia la pieza original conservada, no se hubiera optado por esa solución, aunque en algunas zonas se ha decidido respetar esas actuaciones y no retirarlas. “En estos casos esas intervenciones anteriores se cuestionan si no cumplen su función, si el material está funcionando mal, si no guarda respeto hacia el original o si está afectando negativamente a alguna parte de la pieza original”, explica Punter. “En algunos casos, incluso en alguna de las superficies en las que aprecian figuras, eso no ocurría, por lo que hemos decidido respetar las intervenciones de 1987”. “De algún modo”, subraya la restauradora, “hay que admitir que aquel fue un trabajo ingente, se tuvieron que tomar decisiones complejas y, dado que algunas de ellas no dañan la pieza original, hemos decidido respetarlas”. 

También se ha trabajado sobre grietas en los morteros en las juntas de unión entre los diferentes fragmentos en los que se divició el mosaico para su arranque, transporte y tratamiento. Este material sí se ha retirado, aplicando un nuevo mortero de unión afín a los materiales de alrededor, fundamentalmente mortero de cal y arena. 

También se ha aplicado un mortero nuevo en grandes lagunas en las que tampoco se conservaban teselas, que asegura la sustentación de las mismas de un modo más saludable. 

Un elemento peculiar en el mosaico de Calanda es el doble escalón que separa la última de las tres salas cuyo pavimento adornaba en una antigua villa romana. En 1987 se reprodujo ese desnivel dentro de la cuarta planta del Museo para poder exhibir la pieza tal y como estaba colocada originalmente, y esa estructura ha sido reforzada y saneada para que siga cumpliendo su función. 

Han pasado unos 1.650 años desde que un maestro musivario adornara el suelo de la villa agropecuaria de algún rico terrateniente del actual término municipal de Calanda, y pronto todos los visitantes del Museo de Teruel podrán volver a admirarlo en (casi) todo su esplendor. Pero nada dura eternamente. “Han pasado 30 años desde la última gran restauración del mosaico”, explica Pilar Punter. “Los materiales que usamos actualmente son mejores, y su respuesta ante el envejecimiento ofrece muchas más garantías, pero esta restauración tampoco será eterna. Pero si dura al menos otros treinta años  habrá merecido la pena”. 

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